domingo, abril 29, 2007

¿Qué opinan los no fumadores sobre el tabaco en las playas?


La playa es un lugar al que va todo el mundo: mujeres, hombres, familias, niños y bebés.

A la playa se viene a disfrutar del mar, de la arena, del sol y de la naturaleza. El humo del cigarro en la playa puede molestar según la dirección del viento a quien no tiene que por qué aguantarlo. Por tanto, usar la playa como fumadero constituye un uso abusivo y perjudicial de un entorno que es público de facto.

El que parte de una playa pueda ser algún día de titularidad privada, ello es un hecho irrelevante para el caso que nos ocupa. Pues el aire y la brisa marina que transportan el humo de tabaco hasta pituitarias de otros que no fuman no es privatizable, al menos en la práctica, por evidentes razones físicas.

Para fumar existen otros lugares y espacios además de la intimidad del hogar propio. No existe razón por la que el fumador deba arrogarse para sí el uso específico para tal acto de un espacio vital que necesariamente ha de compartir con otros usuarios. En conclusión, es lógico que se llegue a prohibir fumar en las playas pues, por muy respetuoso que sea un fumador, el simple hecho de fumar en una playa abarrotada de gente ya constituye un acto molesto y perjudicial para terceros.

martes, abril 24, 2007

Los funcionarios públicos no deben fumar

“Según la CE, El rechazo de los fumadores en las ofertas de puestos de trabajo no constituye una discriminación perseguida por la legislación europea.”

Esta idea, en principio, parecía aludir a una especie de liberalización de la política de contratación en las empresas privadas en una parcela un tanto particular. Es como si al empresario se le reconociese una libertad que ya tenía: la de contratar a quien le convenga, sin miedo a que lo acusen de establecer criterios de contratación en base a motivaciones discriminatorias. Eso era algo ya temido por la Industria Tabacalera; pero previsto. Los acólitos más arrogantes ya quisieron demostrar en vano que estábamos ante una auténtica violación del art. 14 de la Constitución Española. Para eso pretendían ocultar la inexistencia de la identidad del fumador como tal en la sociedad. Así, uno de los servicios que ofrece la página del Club de Fumadores por la Tolerancia, es el curso de denuncias de supuestas discriminaciones hacia fumadores en el trabajo. Dan por descontado que la condición de fumador es inherente a muchos individuos, atribuyéndole el carácter de primaria y obviando su carácter exógeno. Intentan hacer olvidar el acto concreto de fumar y su voluntariedad en el espacio y en el tiempo.

Cierto es que un estado no debe imponer una moral determinada. Verdad es que cada cual ha de ser libre de escoger el camino del vicio o de la virtud, de modo que no es justo en ningún caso criminalizar los vicios. Pero aún cuando el fumar en público fuese sólo un vicio en sentido estricto y, por tanto sin repercusiones directas sobre terceros que lo puedan convertir en delito, sí considero que el Estado debe ofrecer cierta orientación hacia la virtud; no auspiciar el vicio ni la moral del débil.

Muchos simulan sentirse ofendidos o perjudicados por un Estado “paternalista”, presuponiendo que las normas y las prohibiciones van dirigidas específicamente a condicionar su libertad de acción, y a señalar innecesariamente con el dedo acusador a ciudadanos tan responsables y concienciados como ellos. Quieren hacernos creer que todo ello sólo persigue fines alienantes y totalitarios. Como si la renuncia a fumar en lugares cerrados supusiese un ascético ejercicio de humillante sacrificio para el individuo y ello sólo interesase al Estado.

Obvian el hecho de que, para los elementos marginales de la comunidad, puede ser necesario el refuerzo de ciertas normas de convivencia que muchos sólo están dispuestos a acatar si de su vulneración obtienen un castigo. Muchos visionarios creen que los derechos de unos y las libertades de otros dejarían de entrar en conflicto en un plazo de tiempo determinado si el Estado no se empecinase en regular competencias privadas. Eso es una utopía futura en la que sólo pueden creer ilusos; no idealistas con sentido práctico.

Los pseudo-filántropos que consideran que se puede, y se debe, prescindir de este tipo de regulaciones clave, atienden a deshumanizados intereses corporativos que no contemplan las necesidades y el bienestar de dos actores del panorama potencialmente perjudicables: el ciudadano y el consumidor.

No basan la conveniencia de su modelo en el bien de la mayoría sino en su particular necesidad de salvaguardar las posiciones económicas dominantes actuales que el progreso social amenaza, es decir, forzar el mantenimiento de abusos de posición.

El Estado, si quiere que se respeten las leyes que regulan el consumo del tabaco, ha de predicar con el ejemplo. Es consabido que el ser humano no hace lo que le dicen sino lo que ve que otros hacen. Es más fácil y natural imitar comportamientos ajenos que practicar la obediencia debida.

Dejando a un lado la corrupción existente en gran parte de los cuadros intermedios de la Administración, que tienden a favorecer los intereses de la Industria Tabacalera con sus inhibiciones, no sería mala idea evitar la nueva incorporación de fumadores a ciertos cargos públicos a los que se accede por oposición. Ello no podría ser un hecho condenable ni para el Liberalismo ni para quienes sostienen la libertad de contratación; pues en términos de eficiencia económica, el Estado también tiene derecho a velar por su óptimo rendimiento y rentabilidad como cualquier otra empresa. Supondría ventajas en varios frentes. A saber:

-Animaría a los aspirantes a dejar de fumar ante el riesgo de no ser considerados aptos en el proceso selectivo.

-El aumento del rendimiento laboral estaría asegurado en el ahorro del tiempo que antes se empleaba en salir a la calle a fumar, además de en la reducción de bajas por enfermedad. Como resultado, algo así ofrecería mayor competitividad a las empresas públicas, lo cual trascendería al ámbito privado estimulando la competencia y la asunción de políticas de contratación semejantes con idénticas ventajas.

-La nueva incorporación de efectivos que no fuman, reforzaría el respeto al cumplimiento de la Ley en su entorno laboral, motivando al resto de la menguante plantilla fumadora a abandonar su hábito.

-El desempeño de labores de inspección y valoración de incumplimientos de las leyes reguladoras del tabaco, se llevaría a cabo con menores obstáculos y mayor objetividad, al estar los funcionarios estadísticamente menos condicionados por una posible adicción.

Se haría necesario reelaborar el cuadro de requisititos exigibles para el acceso a la función pública, estableciendo un cuadro de exclusiones médicas común para todos los aspirantes a un puesto o cargo público. El cuadro de exclusiones médicas, en consonancia con los principios de igualdad, méritos, capacidad, imparcialidad y publicidad, contemplaría como causa de inhabilitación para el ejercicio de la función pública el tener la condición de fumador, ser consumidor de sustancias tóxicas o la puesta en práctica de cualquier hábito con repercusiones médicas que pueda poner en tela de juicio la capacidad del aspirante para desempeñar con eficiencia, objetividad e imparcialidad las funciones propias del puesto o cargo público.

(En atención a Luís F.)

miércoles, abril 04, 2007

No es sólo un vicio


Por un lado asegura el Liberalismo que los vicios no son delitos. En los vicios el individuo sólo se hace daño así mismo. Por otro lado dicen que el Estado se ha inventado muchos delitos que no deberían considerarse como tales. Es el caso de lo que ellos llaman “delitos sin víctimas”. Un ejemplo de ello es el tráfico de drogas y su consumo. Esos planteamientos me pueden parecer correctos en principio; sin embargo, he de entender que para que una actividad lucrativa no merezca ser perseguida o considerada delito ha de cumplir con la premisa principal común al vendedor y al consumidor (i.e.) que sólo cause un daño a quienes la practican exclusivamente. Pero no es el caso del tabaco y su libre consumo.

Para convencernos de que la venta de drogas es uno de esos delitos sin víctimas, nos muestran su frívola visión de la realidad, al parecer basada en el causalismo de Hume, donde sólo se consideran las relaciones causa-efecto en su aspecto más mecánico y directo. Renuncian a toda lógica previsora que pueda aplicarse a un entorno social, pues no asumen la existencia de algo así, o al menos su legitimidad, sumidos en su universo de libertades individuales y propiedades privadas. Para ellos, la deshumanizada interacción entre individuos sólo se rige por las leyes de la oferta y la demanda, mientras el Estado sólo interfiere en ese libre albedrío de forma perniciosa. Pero sigue sin ser el caso del tabaco y su libre consumo...

En un espacio vital compartido la relación causa-efecto entre fumar y molestia a terceros es un hecho. A los liberales les sigue pareciendo normal que los fumadores insistan en hacernos partícipes de sus parafilias y de las escatológicas consecuencias de éstas. No hay vuelta de hoja y no es manía de los gobiernos. Ni siquiera es sólo el Estado el que podría reclamar la reparación de un daño. Es el individuo mismo el perjudicado de manera evidente, aun cuando no se reconozca el daño a la sociedad.

Sólo quieren apartar al Estado del panorama tabaquero para poder auspiciar el abuso de unos pocos y la indefensión de la comunidad.

(Dedicado a Sonia)

domingo, marzo 25, 2007

Soy lo que fumo

Hace poco se ha presentado el libro “Soy lo que Como” . Está basado en el programa de televisión con el mismo nombre que presentaba Raquel Sánchez Silva. Para un liberalista, el programa podría ajustarse a una descripción así:

“Habiendo sido alienadas por el Estado Socialista progre y liberticida, dos fundamentalistas de la salud usurpan la propiedad de una familia. Se inmiscuyen en sus vidas privadas hasta el punto de que, en un alarde de intromisión inadmisible, inspeccionan el frigorífico para fiscalizar su contenido con inevitable afán intervencionista. Los dóciles cabezas de familia, intimidados por el brazo estatal, ven anulada su voluntad mientras las paternalistas lavan sus cerebros y les imponen la moral de la Diosa Salud. Las censoras estatistas insisten en corregir sus hábitos alimenticios, su cultura culinaria y su estilo de vida mediante coacciones hasta minar por completo sus libertades individuales. Les dictan lo que tienen que comer, en qué cantidad, a qué horas y de qué manera. Además, sin salir de su error intelectual, las inquisidoras imponen su moral tratando de inculcarles estilos de vida determinados, basados en el deporte, la vida sana y las dietas hipocalóricas.”

Es muy fácil y “discreto” emitir espacios televisivos que aborden problemas de salud con origen en hábitos alimenticios o en el sedentarismo, desvelando causas y efectos. En términos de salud pública, considero que los desbarajustes que causan las malas dietas, además de esquivos y difíciles de solucionar, son proporcionalmente insignificantes si los comparamos con los del tabaquismo. Por eso, creo que el Ministerio de Sanidad debería patrocinar un programa de nuestro gusto en la televisión pública. “Soy lo que Fumo” sería un buen título.

domingo, marzo 11, 2007

Gracias, fumadores

Fuente: www.smokinganimals.com/facts.html

Las Compañías de tabaco se han escondido tras los experimentos con animales durante décadas tratando de olvidar que, lo que sabemos acerca del cáncer de pulmón y otras enfermedades relacionadas con el consumo de tabaco, son el resultado de estudios clínicos y epidemiológicos, no de experimentos con animales. Aunque la ley federal de los EEUU no obliga a que los productos del tabaco sean probados en animales y, pese a que los estos experimentos en animales son ilegales en el Reino Unido desde 1997, miles de animales están sometidos a torturas tales como la colocación de máscaras de humo de tabaco y sistemas mecánicos de inmovilización mientras están sujetos a horribles experimentos todos los años.


En este preciso instante, en el Centro de Investigación sobre Primates de Oregón, permanecen cautivas hembras de simio preñadas en pequeñas jaulas metálicas mientras sus fetos son expuestos a la nicotina. Financiada su labor con dinero del gobierno, el investigador del Centro, Eliot Spindel, reconoce que “los efectos nocivos del tabaco durante el embarazo están demasiado probados”. Aún así, el estudio que llevará a cabo durante 5 años, en el que sacrificará los bebes de los simios para diseccionar sus pulmones, está financiado con el dinero de los contribuyentes durante 2004.

Este es uno de los incontables ejemplos de crueldad con experimentos completamente innecesarios. Los investigadores han recibido financiación de fabricantes de cigarros como Philip Morris; de agencias gubernamentales, incluyendo la Agencia de para la Protección del Medio Ambiente y el Instituto Nacional de la Salud; incluso del Instituto para la Protección del Bebé, para insuflarles nicotina a los animales, forzarlos a inhalar humo y convertirlos en adictos al tabaco, -sustancia que nunca encontrarían si vivieran en paz y en libertad-.




Otros ejemplos de experimentos con tabaco en animales incluyen:

Practicarles un orificio en la garganta a cachorros de perro a través del cual se les introduce a la fuerza humo concentrado de tabaco durante un año.

Introducirles electrodos a los perros en sus penes para medir el efecto del humo de tabaco en su capacidad sexual.

Acoplarles mascaras a ratas y monos para obligarles a respirar constantemente el humo de tabaco.

Colocarles a los perros respiradores artificiales para que estén expuestos de manera permanente al humo.

Inmovilizar a monos con sujeciones mecánicas en sillones e instalarles dispositivos en la cabeza para exponerlos a nicotina y cafeína. El objeto es determinar como ello afecta a su respiración...




Fuente: www.geocities.com/liberaccion_fanzine/experitabaco.html

Los experimentadores de Liggett & Myers pusieron en las espaldas rasuradas de ratones condensados de humo de cigarrillo; se crearon tumores en la piel. Tras el experimento Liggett continuó reasegurando al público que creía que fumar no es dañino. Así que, ¿por qué se hacen estos tests? Los jurados del juicio Cipollone escucharon esta explicación de Kinsey V Dey Jr, actual presidente de Liggett:

Abogado: ¿Cuál era el propósito [de estos experimentos]?
Dey: Probar y reducir los tumores en las espaldas de los ratones.
Abogado: No tenía nada que ver con la salud y el bienestar de seres humanos. ¿Es correcto?
Dey: Es correcto.
Abogado: ¿Cuánto costó este estudio?
Dey: Un montón... probablemente unos 15 millones de dólares, o más.
Abogado: ¿Y esto era para salvar a las ratas? ¿O a los ratones? Gastaron todo este dinero para salvar a los ratones del problema de desarrollar tumores, ¿es correcto?
Dey: Ya he afirmado lo que hicimos.
Referencia: BMJ 297, pp. 10-11 (1.998).

miércoles, marzo 07, 2007

Convenios e inconvenientes de ser camarero

¿Deberían los trabajadores de la hostelería ser especialmente remunerados si son expuestos al humo de tabaco?

Si se hace, ello implicaría que los trabajadores expuestos a humo ambiental de tabaco tendrían derecho a cobrar el llamado “Plus de Peligrosidad, Toxicidad y Penosidad”, derecho que acabarían exigiendo. Actualmente, el Estado Español no ha reconocido el humo ambiental de tabaco como un agente tóxico catalogado en entornos laborales, lo cual sería determinante a la hora de reformar el Convenio de la Hostelería y la Restauración. Entre otras cosas porque no se ha considerado “conveniente” reconocer la existencia del fumador pasivo como parte perjudicada. El derecho a no respirar humo de tabaco es hoy un derecho formal, pues de su vulneración no se deriva ningún coste económico reconocido, -económico en sentido amplio-. El momento en que los trabajadores por cuenta ajena expuestos a humo ambiental de tabaco reclamen el cobro de un plus que “materialice” ese derecho (i.e.) el perjuicio sea evaluado y compensado económicamente como parte de una contraprestación, marcará un hito en lo que a la lucha por los derechos de los trabajadores y del fumador pasivo se refiere.

Si el Convenio reconoce el derecho de tales trabajadores a cobrar un supuesto Plus de Peligrosidad, Toxicidad y Penosidad, el empresario hostelero tiene dos opciones:

La primera es la de prohibir fumar en su local

Este camino no satisface al 100% de los empresarios. En muchos casos competiría en clara desventaja debido a la deficiente y heterogénea regulación que actualmente ofrece la Ley. El empresario sólo decidiría que le conviene tras sopesar la situación. El hipotético balance –positivo o negativo- resultante de la diferencia entre los abultados gastos salariales por permitir fumar y las pérdidas por no permitirlo resolvería el dilema para cada caso en particular.

La segunda es la de permitir fumar en su local

Esta opción conllevaría un incremento en costes salariales en muchos casos inaceptable para el empresario. Una vez más, el balance entraría en juego.

En cualquier otro sector, los conflictos derivados de la competencia desleal y de la desigualdad que la Ley trae consigo, serían resueltos por la propia iniciativa de entes privados en los convenios colectivos mediante la homogeneización derechos y condiciones laborales de los asalariados adscritos a un mismo gremio que lleven a cabo trabajos de naturaleza similar. Pero en este caso no existe entendimiento posible a causa de cierta interferencia en los diálogos patronal-sindicatos.

Los presidentes del gremio de la Hostelería y Restauración y otras asociaciones.

Dada la trascendencia pública del sector, el Estado hace tiempo que politizó esos cargos convirtiéndolos en poco menos que en un elemento más de la burocracia administrativa para su mejor control. Los presidentes de gremios de hostelería se encargan de sus respectivas circunscripciones. No defienden ni los intereses del empresario ni del consumidor en el ámbito de su C.A o provincia, sólo salvaguardan su “status quo” siguiendo las directrices que les marcan los convenios con Consejerías de Turismo u otras entidades administrativas, los cuales nunca se refieren a la salud de los camareros, a sus condiciones laborales o a sus intereses. Sanidad, Consumo y Salud Laboral son áreas enemigas por excelencia de muchos presidentes de gremios de hostelería.

La salud laboral y el sindicalismo activo son elementos vedados para estos trabajadores. No es sólo el Complejo de Cenicienta el que puede atenazar la iniciativa de camareros, cocineros, reposteros y otros parias. La negación de este derecho al colectivo, goza del amparo estatal con una ley discriminatoria que les priva expresamente del legítimo derecho a un entorno libre de humo de tabaco. Tal agravio comparativo no encuentra justificación ética alguna, salvo que en el abuso sobre este eslabón débil del sector hostelero se considere imprescindible para la salvaguarda de intereses extraños.

El sopesar la renuncia general a fumarse un pitillo en la sala de un restaurante se antojaba innegociable, imposible y fuera de lugar. De esta manera, el metafísico derecho del fumador a fumar a toda costa en interiores de uso público permaneció inalienable. Se hizo así con alevosía y premeditación, pues era previsible que las características particulares de un colectivo débil, poco unido, disperso en pequeñas empresas, sin tradición sindical, compuesto por individuos de clase media-baja en su mayoría, con escasa cualificación académica y profesional, inmigrantes sin derecho a voto, mujeres jóvenes severamente ya azotadas por el tabaquismo tanto activo como pasivo, y otros elementos marginales, daban pie al abuso sin demasiadas consecuencias indeseables para intereses empresariales, políticos y tabaqueros. Así fue como se gestó el atraco.

La presión política, tan dispuesta como siempre a buscar el favor del sector tabaquero, es un factor decisivo pero también lo es, en muchos casos, el favor inmediato de las mismas tabaqueras a estos presidentes. La Hostelería y la Restauración es el campo de batalla donde la Industria Tabacalera ha concentrado sus esfuerzos por entorpecer los intentos de regulación del consumo de tabaco. Se tenía que seguir fumando en cada restaurante de cada CA, en cada discoteca de cada provincia, en cada bar de cada ciudad y, para conseguir ese objetivo, los agentes de la Industria sólo tuvieron que convencer a un centenar de personas en todo el país que ocuparan puestos clave. En muchos casos, los presidentes de los gremios eran la llave que abriría las puertas al humo sin necesidad de forzar situaciones.

Programas interesantes

Es en las horas más intempestivas cuando aprovechan para emitir los debates y los documentales más interesantes. Es lo que ocurrió ayer. Parece como si hubiesen aprovechado que se emitía la famosa y aclamada serie americana “House” en La Cuatro para asegurarse de que nadie iba a ver los programas a esa misma hora en La Dos.

Enfoque

En este programa se televisón un debate sobre los ayuntamientos y su tolerancia al ruido. Acudieron varios expertos y partes interesadas. Entre ellos, destacaba la defensora de los ayuntamientos, la Presidenta de la Federación de Municipios quien, con extraordinaria mezquindad, insistía en exculpar –más bien expiar-, a las administraciones locales que ella defiende. Sus intentos de justificación fueron inútiles como se pudo ver al final. El 95% de los llamantes pensaba que los ayuntamientos toleraban todo el ruido que hiciese falta y el 5% restante no lo pensaba porque lo producía, lógicamente. No voy a hablar sobre lo nociva que es para la salud, la intimidad, el honor y la dignidad del ciudadano la manera que tienen los ayuntamientos de tratar el ruido porque ya lo he hecho en otras entradas anteriores, a cuento de una sentencia y del Carnaval Canario. Sólo me gustaría hacer un apunte por su analogía con el problema del tabaco, también especialmente “difícil” para estas administraciones. Me refiero a los erráticos argumentos que usaba la Presidenta para defender la reputación de los Ayuntamientos y su postura ante eso del ruido. A saber:

“La culpa, en el caso de la marcha y el jolgorio nocturno, no es del Ayuntamiento. Un sábado por la noche, en una concentración espontánea y ruidosa, no es prudente mandar a la Policía Local para que disuelva una concentración de cientos de personas en las calles. Sería un follón. Es un problema de educación y hay que apelar a la responsabilidad de cada uno.”

A esto, el portavoz de los perjudicados por el ruido respondió básicamente que el Ayuntamiento seguía siendo responsable, pues es el que tiene que adaptar las medidas preventivas para que una concentración con efectos molestos para los vecinos y embarazosos para el Ayuntamiento no tenga lugar; no autorizando en su caso, actividades que puedan desembocar en situaciones de esa naturaleza –ruidosa-. Dicho de otra manera, si se prevé que no va a ser posible imponer con posterioridad medidas regulatorias que aplaquen los inconvenientes generados por la inconsciente muchedumbre que ejercita su derecho al ocio, habrá que prohibir, si es preciso.

“La Ley marco sobre ruidos es todavía muy reciente en nuestro país, sólo lleva vigente en España unos pocos años y hace falta que los Ayuntamientos desarrollen sus ordenanzas sobre ruido para concretar la norma europea y nacional. No es tan fácil trasponer el derecho europeo así como así, de un día para otro”

A esto, el portavoz de los perjudicados por el ruido vino a contestar que eso eran excusas; que eran desarrollos innecesarios destinados a prorrogar o eludir la aplicación de la Ley. No había nada más que decir. Es obvio que la burocracia por la burocracia no es del interés del ciudadano. En todo el programa, la Presidenta parecía olvidar la responsabilidad de sus ayuntamientos en lo que a servicio efectivo a los ciudadanos se refiere.

Documentos TV: Un deseo llamado tabaco

Mi familia no entiende que prefiriese ver esto antes que “House”. No entienden como me puede fascinar tanto un problema tan trivial sin que me paguen por ello. El caso es que me resulta extraño que no se considere un problema importante algo que constituye una parte esencial de la vida de casi un 30% de los españoles. También se preguntan hasta que punto es tan complejo como para que pueda hablar y leer tanto sobre el tema. Al que sea un erudito, ni siquiera le parecería extraño que, de la misma manera que existen estudios sobre Teología, “Tabacología y Tabaquismo” fuese una disciplina digna de estudios académicos, de una licenciatura, y no con pocas implicaciones multidisciplinares precisamente. De hecho ya existen muchos expertos especializados de manera casi exclusiva en la materia. Casi todos abordan el estudio desde el punto de vista sanitario pero ahí están; como el SEDET o el CNPT, por ejemplo.

Es un documento bastante trabajado e imparcial. Aborda parte de los mitos del tabaco desde el plano socio-sanitario fundamentalmente. Ofrece un breve resumen histórico y una revisión de la conciencia a nivel mundial sobre el problema. Termina con el estudio sobre el estado general de la situación, pincelando una tendencia esperanzadora para nuestros intereses. Hace hincapié en la reveladora diferencia de conciencia sobre el problema entre los países ricos y los países pobres. No dice nada que a grandes rasgos no sepamos los mejor informados, pero alegra saber que se pueden emitir programas así sin que se vaya la luz, se averíe la tele o explote una central nuclear.

viernes, marzo 02, 2007

El fumador antiamericano y antisistema.

Tras la demostración científica de que el tabaco había causado cáncer a un número indeterminado de americanos, el Congreso fue claro y tajante en sus conclusiones: Muchos de los exfumadores víctimas del cáncer tenían que recibir fortísimas indemnizaciones tras ir a juicio. La solvencia de las Tabacaleras iba a ponerse en entredicho por primera vez en la historia. Además, 26 Estados norteamericanos pleitearon contra las tabacaleras o hicieron amagos de hacerlo al determinar que éstas eran las responsables de casi el 40% de la factura sanitaria. Era poco apropiado, e imposible en el nuevo escenario, seguir sacando ese dinero a costa de la salud americana con tanto descaro. Las transnacionales del Tabaco tenían la respuesta a tal desafío incluso antes de que las regulaciones antitabaco amenazaran el futuro de su mercado más importante.

Para salir del atolladero estaban los consumidores europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos. La mayor parte del tabaco que se produjese había que venderlo fuera. Así las cosas, las tabacaleras americanas han conseguido que más del setenta por ciento de sus beneficios provengan de los bolsillos de los fumadores extranjeros entre los que, españoles, portugueses o argentinos tienen un puesto de honor. Cómo no.

En el viejo mundo, sólo ahora estamos empezando a luchar contra esta lacra tras entender el caso norteamericano. Sobre todo después de comprobar la magnitud de las implicaciones económicas y sociales del tabaquismo. No es que fuesen mayores de lo esperado, sino sencillamente inconmensurables. En términos económicos, se ha empezado ha pensar que puede constituir uno de los mayores frenos a la economía de cualquier país. Incluso en la recuperación económica de los EEUU durante estos últimos años podría haber tenido algo que ver la reducción de las tasas de tabaquismo dentro de sus fronteras, -y el aumento fuera-. Europa empieza a reaccionar y ya podemos decir que se ha dado el pistoletazo de salida en la carrera antitabaco.

Consabido esto, es obvio que para un patriota lo deseable es desplazar el consumo de tabaco desterrándolo de las fronteras de su país. Sin embargo, a muchos se les ha metido en la cabeza que no es así aún no siendo estanqueros.

Muchos orgullosos “antiamericanos” han caído víctimas de su ignorancia y de los sutiles lavados de cerebro de los demagogos de la Industria Tabacalera. Y en aquello que más odian ser terminan transformándose sin ni siquiera saberlo. Ellos piensan que la mejor manera de oponerse a la cultura norteamericana, sus excesos, su paroxismo y su estúpido puritanismo es, sobre todo, no copiándolos; haciendo justo lo contrario de lo que ellos hagan. Si prohíben fumar en los EEUU pues aquí lo permitimos. Si en EEUU no se tiran por un barranco pues nosotros nos tiramos. Está claro que no saben que eso precisamente beneficia sobremanera a los americanos: que los españoles se gasten el dinero en sus cigarrillos, parte de cuyos beneficios irán inexorablemente a bolsillos de inversores yanquis. ¿Qué más pueden desear los americanos que mantener su próspera Industria Tabacalera sin sufrir sus inconveniencias? Para lo malo ya están los fumadores del resto del mundo.

Luego está el típico antisistema que adopta como parte de sus señas de identidad la oposición y rechazo a lo que aconseje el Estado. Piensa que si el Estado prohíbe fumar en lugares prohibidos es porque quiere controlar y dominar al individuo, luego hay que ser un trasgresor y violar normas antitabaco para enfrentarse al Sistema. Si el Estado dice que fumar es malo, el malo es el sistema moralista que le dice lo que tiene que hacer y coarta su libertad. No sabe que eso no es ser un rebelde antisistema sino un conformista ignorante. Lo que hace es seguirle el juego al Estado o, más bien, a los ministros de la legislatura que manejan el cotarro. Eso ni si quiera es un estímulo para el Sistema. Es una táctica esperada que, por otra parte, beneficia a la enorme y poco simpática Industria Tabacalera con el beneplácito de los politicastros a los que tanto odian, no al abstracto Estado como tal. El acto más noble de rebeldía está en los no-fumadores que les exigen a los que controlan el Estado que destierre el repugnante humo de una vez por todas. Ese es un buen jaque para una Administración como la nuestra que, por otra parte, se manifiesta como la auténtica rebelde al auspiciar el consumo de tabaco más de lo normal; más de lo que los propios fumadores quieren para sus hijos.

sábado, febrero 17, 2007

Un producto de mala calidad y su fabricante de dudosa reputación

Vivimos en una sociedad de consumo. Es importante saber a que tipo de cosas obedece nuestra conducta en términos objetivos. Es posible que seamos ciudadanos con derecho a voto para los políticos, pero para las corporaciones y sus economistas somos consumidores proclives a la compra de bienes y servicios. De modo que en el día a día nuestro comportamiento está condicionado por nuestros hábitos consumistas más de lo que sospechamos.

Los estudios de mercado se centran en los hábitos del consumidor. Con la ayuda de la estadística sabremos si nuestro producto tiene futuro en un mercado. Mediante el arte de la manipulación podremos vender cosas que el consumidor no necesita. Con una estudiada operación de marketing nuestro producto llegará a una generalidad de personas. Hoy en día, un consumo a gran escala requiere una manipulación a gran escala, o sea, de masas. Los estados podrán regular algunas de nuestras conductas pero las corporaciones condicionan nuestros hábitos.

Las leyes de la oferta y la demanda hacen que el mundo gire. A menudo nosotros necesitamos o codiciamos algo que no tenemos. Pero siempre hay alguien dispuesto a ofrecerlo a un precio.

No somos bosquimanos del Kalahari y siempre necesitamos cosas. Son los bienes de consumo. Para necesitar un producto, primero hay que sufrir su ausencia; para codiciarlo hay que saber de su existencia. Gracias a la información –publicidad- no sólo veremos la forma de satisfacer nuestras necesidades sino que descubriremos que teníamos otras de las que no éramos conscientes. Algunos publicistas tienen realmente mérito; serían capaces de venderle una radio a un sordo o un televisor a un ciego. La cuestión no es cubrir las necesidades del consumidor sino creárselas.

Los que ofertan nos hacen ver que necesitamos algo y nos convencen para que lo compremos a base de mensajes, ya sean explícitos o subliminales. Todos nos sentimos cómodos con este equilibrio aunque nos inquiete un poco la deuda ecológica con tanto comprar, usar y tirar.

Puede suceder que el producto que compramos no cumpla con la función que nos prometió el vendedor. Entre otras razones ello puede ser debido a la mala calidad del producto. Si, a sabiendas, el vendedor cobra un precio excesivo por algo o nos engaña al crearnos falsas expectativas, podríamos estar ante la estafa.

Para prevenir la estafa o evitar otras inconveniencias propias de los libres mercados, existen mecanismos destinados a fijar unos estándares mínimos de calidad en la fabricación de ciertos artículos. Un sello de verificación industrial puede garantizarnos unos mínimos de duración, eficiencia, fiabilidad, seguridad etc. Es algo muy común en maquinarias industriales.

Los alimentos envasados no se libran de este tipo de controles. Han de tener fecha de caducidad y el fabricante debe especificar tanto los ingredientes como los productos conservantes que contienen. Las cremas y cosméticos igual. Además, si se detecta una partida de alimentos u otros productos dañinos para la salud del consumidor, puede que Sanidad trate de interceptar su distribución.

El tabaco fumado es sin duda algo excepcional entre los bienes de consumo. La gente ni lo necesita ni lo valora y, con todo, un 30% de la población insiste en comprarlo una y otra vez. Es tolerado por la sociedad y auspiciado por el Estado pese a no poder cumplir con muchos de los requisitos mínimos de calidad. Incluso tiene un puesto de honor al ser incluido en el cálculo del IPC como si fuese un producto de primera necesidad. Por su parte, el Ministerio de Sanidad y Consumo no obliga al fabricante a dar excesivos detalles sobre la complejísima composición del producto. Con declarar la proporción de alquitrán, nicotina y un par de sustancias químicas más que contiene es suficiente; entre otras cosas porque al consumirse, debido a cierto proceso químico –combustión-, se generan otras muchas sustancias nocivas, molestas y peligrosas de comprometido recuento.

Debe de ser porque es uno de los secretos mejor guardados del mundo, como el de los ingredientes de la Coca Cola. O quizás sea porque no se digiere sino que sólo entra directamente en el flujo sanguíneo a través de los pulmones, de manera que no puede causarnos una indigestión –aunque juraría que lo hace sin siquiera ser uno el que lo usa-. Además, pese a lo escandaloso de su sucia combustión, tampoco es necesario que aparezca impreso en su envoltorio el texto “outdoor use only”, como en el de los artefactos pirotécnicos de fabricación china. Las sugerentes esquelas fúnebres parecen suplir todas esas faltas.

El éxito de los publicitas tabaqueros es lo más asombroso. Por lo general, los productos del tabaco tienen la publicidad severamente limitada o prohibida. No obstante, la tabacalera gasta casi la mitad de sus fabulosos ingresos en publicidad invisible. Es algo realmente extraño, como lo es el hecho de que fuman sordos que no escuchan la publicidad en la radio y ciegos que no la ven en televisión ni la ojean en el periódico, entre otros. A veces me pregunto si un desmesurado carácter adictivo del producto tiene algo que ver con su rotundo éxito, capaz de acaparar y centralizar la demanda de tanta gente.

Indiscutiblemente, es el bien de consumo perfecto. Su fabricación es barata, su transporte y conservación lo son aún más. Para el usuario final del producto, su calidad no cuenta y la cantidad de dinero que se destina a él tampoco. Además, es una provisión básica y se paga por él con la regularidad propia de un suministro.

El tabaco es algo “natural y necesario” en nuestra sociedad. Los coches emiten humo catalizado por el tuvo de escape, los fumadores humo por sus cigarros. El humo de los vehículos a motor es el precio que pagamos por el milagro del transporte y la locomoción. El humo de los cigarros en el interior de los edificios es el precio que pagamos porque sí.

Para colmo, el Estado grava generosos impuestos como si se tratase de combustible; aunque no muchos, para no ahogar la venta por la subida del precio final en el mercado. En definitiva, el Estado se esmera bastante en auspiciar su consumo. Debe de ser que de la misma manera que los coches necesitan gasolina para alimentar sus motores a explosión, los fumadores necesitan cigarros para Dios sabe qué.

jueves, febrero 15, 2007

Lo último de los Carnavales de Santa Cruz

No contentos con la última decisión judicial de levantar la suspensión cautelar de las celebraciones, so pretexto del Juez de que, tal asunto, era “cosa juzgada”, el Alcalde decidió señalar con el dedo acusador a los vecinos vencidos y humillarlos hasta la saciedad. Arropado por el clamor populachero, ha querido que las víctimas queden como unos malos y quisquillosos vecinos. Ya llovía sobre mojado pero daba igual; para ellos eran pocos y cobardes y esas rebeliones conviene aplastarlas, máxime con elecciones a la vista. El Parlamento Bananero se ha pronunciado; ha venido ha decir que ellos son los caciques que mandan y que la Isla es suya. Eso es lo que subyace tras el acuerdo unánime de no aplicar las normativas de calidad acústica para eventos excepcionales como este.

No sé si Tenerife es España o no, pero no es Europa. No me aterra el hecho de que se hayan salido con la suya, sino las formas de hacerlo. Es esa insensibilidad ante la desgracia de una débil minoría, víctima de un ultraje inmerecido. Es la falta de civismo promovida desde el propio Ayuntamiento que sólo mira los intereses de unos pocos abusones y el favor de una morralla vociferante. La separación entre los tres poderes no existe porque ellos han dicho que al ser unánimes son los que mandan, que ya han doblegado a la tímida justicia y que las leyes no son de aplicación gracias a sus “excepcionalidades” porque las calles son suyas, y los vecinos qué se aguanten. Que ellos legislan, juzgan y ejecutan.

Pero los caciques de la tribu no han querido mostrar un mínimo de compasión, de la misma manera que el populacho chicharrero tampoco ha sido tan “romántico” como para dar emoción a la cosa. El carnavalista de a pie piensa que, por ser más numeroso, tiene derecho a pisotear derechos ajenos, a abusar de su posición ventajosa imponiendo su propia Ley del Ruido. Mientras en alguna pancarta podía leerse, “Al que no le guste el Carnaval de Santa Cruz que se joda”, el Alcalde se unía a los incívicos no con mucho más decoro. Decía que era un atrevimiento hostil por parte de los vecinos el ir a la Justicia en lugar de al “dialogo”, como si fuésemos tan ingenuos y pensáramos que no lo intentaron primero por las buenas en años anteriores.

Pero la cosa no ha acabado ahí. El Alcalde ha venido a decir que el ruido tiene carta blanca durante estas fechas. Reconoce que, incluso eliminando los equipos amplificadores de sonido presentes en los garitos, los niveles de ruido iban a seguir estando por encima del límite de los 55 decibelios. Ganada la batallita, los “valientes” del Consistorio pasan a la estrategia de a-barco-hundido-cañonazos. De esta manera prosigue el Alcalde con el recochineo y añade que, por tanto, le va a dar igual que sean 56 o 200 los decibelios, que no va a acotar los itinerarios de las profesiones, ni establecer horarios, ni controlar nada, que los insidiosos vecinos han quebrantado tantos tabúes que merecen un castigo ejemplar.

Así es como se las gastan nuestros crueles gobernantes con los ciudadanos, consumidores y vecinos que luchan por mejorar su calidad de vida, por defender sus derechos o por poder dormir en sus propias casas. A la razón responden con represión estos matones, ¿Queda claro?

Perdón, ya no volveremos a osar enfrentarnos a los intereses políticos aunque nos vaya la vida en ello. Hemos cometido un terrible error al creer que la Justicia debía ayudarnos. No volveremos a hacerlo porque no vale la pena. Hemos quedado mal y no hemos conseguido nada.

martes, febrero 13, 2007

In dubio pro fumo: cajeros automáticos

Conforme los diferentes estados iban redactando leyes encaminadas a restringir el consumo de tabaco en lugares cerrados, la Industria Tabaquera tenía que neutralizar los ataques legales de los Estados con su mejor antídoto: la confusión.

No hay nada más fácil y rentable para la Industria que sembrar dudas. Ello es posible porque es precisamente lo que el fumador quiere oír: Que el fumar no es tan malo, que hay cosas peores y que no molesta tanto a otros como dicen algunos exagerados. El fumador profesa la moral del débil y sobrevive anímicamente a base de autoengaños y con el consuelo de la inevitabilidad. Gracias a su conformismo patológico da por hecho que todo está bien con su vicio porque es consecuencia del libre albedrío, que no vale la pena dejar el hábito que le hace toser porque la mayoría no lo consigue o es demasiado sacrificado, que además se va a morir de todas maneras, que le haría un flaco favor al Estado y a los estanqueros y sepultureros a quienes dice emplear, que el vicio es algo natural e inherente al ser humano, que a lo mejor si fuma sólo 12 cigarros al día en lugar de 15 ya no le perjudica en absoluto, que es posible que fumar tenga beneficios porque no hay mal que por bien no venga etc.

La pertinaz confusión que arroja el texto de la Ley 28/2005 y su tímida aplicación, no nos molestaría si los ansiosos fumadores hubieran seguido practicando su vicio a toda costa pero sin molestar a los que no fumamos. Pero, generalizando, no es así.

La nicotina hace estragos en la conciencia, en la dignidad y en la entereza de una persona. El síndrome de abstinencia muestra lo peor del ser humano en su relación con otros seres humanos diferentes a él –que no fuman-, hace que aflore en ellos ese autodestructivo y a la vez destructor alter ego por muy maravillosas personas que sean.

Dada la debilidad que sufre el adicto, su proclividad a la infracción no se puede aplacar fácilmente si no se es claro y firme. Nuestros hermanos italianos comprendieron desde un primer momento que, por lo general, el fumador, cuando saca su cigarro no lee leyes, no ve señales, es duro de oído cuando es advertido, es despistado y es olvidadizo. Pese a la superior dureza del texto italiano, allí la norma es el cumplimiento de su ley. Aquí la norma es el incumplimiento de la nuestra.

Con esto, la penosa situación del no-fumador en las ciudades tiene su consecuente reflejo en el mundo rural, en esos pueblos de la España profunda que están lejos de las grandes capitales. Ahí la cosa es incluso peor. Es el caso de los cajeros automáticos en cuya entrada parece que está feo o prohibido colocar un cartel de “Prohibido fumar” o de “Espacio sin humos”.

En los pueblos, las policías locales dicen que gracias a Dios no han recibido aún orden o instrucción alguna para hacer valer el cumplimiento de los preceptos de la Ley Antitabaco. Tampoco esperan recibirla de manera inmediata, por fortuna. Como quiera que sea, lo más prudente para ellos es abstenerse de llevar a cabo proezas apagando cigarros. Dicen los jefes de Policía Local que eso es cosa de los bomberos, de la benemérita, del ejército o de los GEO, pero nunca de su competencia o de su incumbencia.

Era fácil de prever que cierto cajero de cierto pueblo se hubiese convertido en el cobijo de los fumadores frioleros y temerosos del cáncer de piel en días soleados. La ubicación se presta a ello, sobre todo si tenemos en cuenta que está en frente de un bar de tapas y al lado de una sala de juegos de azar. En este caso, al no haber cartel, pero sí una papelera con cenicero, no es que no se le disuada al fumador en su objetivo. Más bien es que se le tienta, se le invita. Esto para un fumador de pueblo equivale a una obligación por ser algo irresistible. Si el cenicero se ve desde el exterior del cajero parece que donde esté prohibido fumar sea en la calle, y que sea un crimen capital no fumarse un pitillo mientras se realiza una consulta de saldo.

A ver si se dejan ya de estupideces los mismísimos directores de sucursal y cumplen con su deber: poner de manera clara y visible el cartel de prohibición y retirar esos serviles ceniceros. Ahí sólo se entra para sacar dinero, no para fumar ni para que te líen la de San Quintín ahumando una cabina acristalada aprovechando que no tiene ventilación. Si se niegan a colocar los hostiles carteles de “Prohibido fumar”, por lo menos podrían instalar unos extractores de aire para que no nos asfixiemos. Tienen cámaras de seguridad que graban todo lo que allí sucede; qué no me digan que no saben si allí se fuma o no, como si a estas alturas hiciese falta una comprobación fáctica. Por favor…

domingo, febrero 11, 2007

La sordera que produce el ruido

He tenido la oportunidad de leer en la edición del 9 de Febrero del Metro Canarias un artículo de opinión de José H. Chela titulado “Decibelios”, en referencia a la suspensión cautelar de la celebración de los carnavales de Santa Cruz. Sé de primera mano lo que es soportar en tu propia casa niveles de ruido inadmisibles pero es obvio que no es el caso de este periodista. El hecho es que me indigna la frivolidad populachera con la que aborda este tema. Está claro que es docto en como decirle o gritarle a la gente lo que quiere oír. Sin embargo, no parece conocer en profundidad la naturaleza del asunto en cuestión; sólo esgrime un simplista argumento que pone de manifiesto una visión superficial y una absoluta falta de empatía para con los auténticos afectados.

El ocio es algo alternativo. Si yo no puedo divertirme y disfrutar de una manera en un momento y lugar concretos lo haré en otros o de otras maneras. En cuanto al derecho al descanso y a la intimidad, sólo tengo una casa que es el único lugar en el que están asegurados mis derechos en virtud de la inviolabilidad de mi domicilio y, salvaguardados, del jolgorio propio de las convenciones sociales.

Es posible que la gente necesite de la purificación de todo extremismo vehemente que le ofrece el carnaval a modo de catarsis. Comprendo que no se puede ser un aguafiestas y pretender que la mayor parte de la masa popular permanezca impasible ante el rito dionisiaco. Sin embargo, puede haber gente a la que no le apetezca participar de la fiesta hasta altas horas de la noche durante diez días seguidos en su propia casa, por mucha tradición que tenga toda una institución como es el carnaval.

Para desgracia de H. Chela, los tiempos han cambiado. Hoy en día, la aglomeración en las superpobladas ciudades, unida al no siempre deseable desarrollo urbanístico, industrial y tecnológico, hace que entren en conflicto derechos y libertades por culpa del ruido. Además, la sociedad evoluciona y demanda una cada vez mejor calidad de vida que incluye un medio ambiente digno, de tal manera que el derecho y sus fuentes se van acomodando poco a poco a tales exigencias. Es una sencilla cuestión de progreso social y su adaptación a las nuevas circunstancias de hecho, no sólo de civismo impuesto. Así por ejemplo, se ha reconocido la existencia de la contaminación acústica como realidad incuestionable. Por ello, se están confeccionando mapas de ruido por toda la geografía española con un objeto: proteger el derecho a la intimidad, al medio ambiente digno -e incluso la salud- de los ciudadanos.

En este caso, el Juez podrá o no podrá “impedir que la gente se eche a la calle”. Tampoco creo que sea su intención imponer un toque de queda. No obstante es una decisión valiente y ejemplar que abre las puertas a la búsqueda de una solución para los vecinos afectados por el ruido. Ahora es el deber del ayuntamiento velar porque se respete el espíritu de la decisión judicial más allá de intereses electoralistas.

En cuanto a lo de que “treinta o cuarenta personas con guitarras, tambores, maracas y demás, cantando a grito pelado, generan, estoy seguro, muchos menos decibelios que un chiringuito estudiantil con un pedazo de equipo reproductor”, eso estaría por ver. Según las zonas y las horas del día eso puede suponer una molestia inaceptable o no. En cualquier caso, además de eliminar los perniciosos chiringuitos estudiantiles con aquellos equipos musicales y sus exageraciones volumétricas, habría que acotar con garantías las zonas y los horarios de actuación de esas parrandas carnavaleras. De otra manera, es lógico que sólo se permita la celebración del carnaval si es trasladado a las afueras o a un recinto ferial.

Por otra parte, no me parece acertado comparar las molestias del carnaval con las de las obras municipales, -taladros y maquinarias pesadas-. No siempre se pueden comparar ni por horarios, ni por magnitud, ni por grado de necesidad o inevitabilidad. No obstante, me parecería normal, hasta loable, que se denunciasen los ruidos y las molestias que producen esas obras de acuerdo con los supuestos que contemple la Ley.

A estas alturas me sorprende que aún haya periodistas que traten de ganarse el favor de los lectores justificando las actitudes incívicas propias de la cultura del abuso. Que lo hagan sólo porque sean asimiladas por la comunidad y el perjuicio sobre una minoría no merezca atención por una mera cuestión de sacrificio, por una razón numérica. Todo ello mientras se sigue usando como reclamo el infantil pregón del “prohibido prohibir”.

viernes, febrero 09, 2007

Fumadores, motos, tolerancia y civismo

Recientemente, he podido conocer a alguien que asegura pertenecer a una asociación antimotera y a un club de fumadores. Este esclavo del cigarro, dice ser consecuente con su forma de pensar. Partiendo de ciertas ideas preconcebidas, llega a la conclusión de que el gobierno debería prohibir las motocicletas antes que esforzarse en regular el consumo de tabaco.

No es de extrañar, es algo muy frecuente entre los enganchados al cigarro. No tanto lo de odiar las motos sino lo de perder capacidad crítica a causa del susodicho. Este en concreto parece que además, por prejuicio y desconocimiento, ha caído víctima de la moto-fobia. Este género de personas vienen a decir: “¡Oh, qué miedo! los motoristas. Esos parias del tráfico rodado. Esos enloquecidos tan amantes de la conducción temeraria a lomos de esa máquina infernal, con ese desprecio tan descarado por la vida propia y ajena. Las motos, qué vehículos tan ruidosos, egoístas y sanguinarios. Qué maleducados y molestos son esos niñatos gamberros, cuando cada vez que nos paramos en un semáforo en rojo, se colocan adelantados a ambos lados de nuestro coche, cual moscas cojoneras. Son sin duda los michelines que le sobran al tráfico rodado…”

Cierto es que el número de fallecidos en accidentes de motocicletas y ciclomotores es mayor, pero también es cierto que estos conductores no suelen morir por culpa de otros motoristas.

La moto en sí, dada su poca masa, es en caso de colisión un elemento menos peligroso para la integridad física del conductor de coches que otros vehículos más pesados u otros obstáculos presentes en la vía pública. El conductor responsable no es necesariamente más temerario por el simple hecho de ir en moto. Todo lo contrario, asume más riesgos de modo que, en caso de caída o colisión, se atiene a peores consecuencias que si sufre un accidente en coche. Por tanto, conducirá de manera más atenta y respetuosa por la cuenta que le trae.

En otras palabras, lo que eleva la estadística de fallecimientos entre los motoristas es la menor seguridad pasiva inherente a la naturaleza de estos vehículos. Pero en términos objetivos, la motocicleta constituye una amenaza mucho menor para otro tipo de vehículos; es decir, su peligrosidad activa es menor. De hecho, los vehículos de dos ruedas pagan un mayor precio en el seguro, no porque constituyan un enorme peligro para terceros, sino por su propia fragilidad relativa con respecto a ellos.

Entonces, podemos ver como se aplica un baremo estadístico ventajoso para el resto de vehículos. Pues apreciamos como los seguros de motos reciben un recargo extra para compensar el coste de los daños causados por otros vehículos o elementos de la calzada y, por tanto, injusto para los motoristas.

La integridad física de un motorista depende en gran medida del respeto con la que los demás conductores se comporten en el espacio vial común, pero viceversa tal dependencia no existe en la misma medida. En tal caso, podemos concluir que, de alguna manera, las compañías aseguradoras en España penalizan económicamente a los usuarios moteros de la vía pública en base a su propia fragilidad. Con ello, obtienen una compensación económica que les permite ofrecer un trato de favor a los vehículos más pesados y, por tanto, de mayor peligrosidad activa.

En definitiva, parece concedérsele más crédito social al conductor que va en coche por algo que no depende de él. Es decir, no se valoran actitudes individuales sino consecuencias estadísticas de actos ajenos.

Curiosamente, no termina de ocurrir lo mismo con los fumadores, a quienes que se les sigue dispensando una protección prácticamente incondicional independientemente de sus contratiempos estadísticos. Máxime cuando dependen de ellos mismos para infligir daño o no en la salud de terceros -además de otras molestias-. Por el contrario, justifican su mala educación generalizada, al fumar en sitios en los que no deberían, con la “tolerancia” de nuestra sociedad.

La buena educación vial es algo que todos los usuarios de la vía pública pueden asimilar por igual. El concepto pasivo de tolerancia, no juega ningún papel en el buen discurrir del tráfico rodado, sólo lo hace la conducción respetuosa. Cada conductor ha de ser conocedor no sólo de la peligrosidad activa inherente a su vehículo, sino sobre todo de la fragilidad de los vehículos que poseen menor seguridad pasiva. En un sencillo ejercicio de empatía, podemos comprender por ejemplo, que no debemos pasar a alta velocidad a menos de metro y medio de una bicicleta.

Los conductores no han de ser tolerantes o no con las motos, sino que el respeto mutuo es el que debe primar. De la misma manera que el conductor debe conducir con precaución para evitar atropellar a terceros, el fumador debe fumar con precaución, es decir, nunca en lugares cerrados o concurridos donde pueda dañar o molestar a otros.

La comprensión de estas comparaciones –y de las de otros artículos anteriores-, es la que nos puede dejar una idea clara del concepto de civismo, basado en el respeto a lo ajeno, y su importancia fundamental a la hora de juzgar la necesidad por parte del Estado de regular derechos y libertades.

martes, enero 30, 2007

La identidad del fumador


Cuando se habla de los fumadores, los no-fumadores y las leyes que regulan la convivencia entre unos y otros, muy poca gente se da cuenta de lo artificialmente socializado que ha sido el concepto de fumador durante años. Era una característica del individuo que se daba por sentada, como si fuese una condición primaria o natural del ser humano, o una aspiración social como otra cualquiera. Unos querían de mayores comprarse una casa, otros un coche, otros casarse, otros tener un hijo, otros querían ser fumadores. Quisieran una o varias cosas de las mencionadas, si querían parecer adultos o demostrar su madurez, la presión social daba a entender que fumar era algo positivo. Lamentablemente, incluso hoy en día, el fumar aún se presenta como un rito de iniciación para nuestros jóvenes.


El término “fumador”, pronto dejó de ser solamente denotativo y las tabaqueras fueron aderezando sus connotaciones positivas. La Industria consiguió que el fumar estuviese bien visto, es decir, aceptado socialmente. Logró este artificio no sólo gracias a un impetuoso marketing, sino más bien aprovechando la naturaleza adictiva de la nicotina. El ser fumador se presentaba como un rasgo más por el que definir a una persona. Podía ser hombre o mujer, soltera o casada, angloparlante o francófona, fumadora o no-fumadora, ortodoxa o católica etc. En resumidas cuentas, con tantos años de normalización del acto, se habían olvidado, obviado o ignorado las consecuencias de que unos fumasen y otros no o, mejor dicho, no quisieran fumar.

En la España de los 80, uno nace, crece, se alimenta, respira, fuma, se reproduce y muere. Unos activamente y otros pasivamente, pero respiraba humo de tabaco casi el 100% de la población. Eran tiempos en los que se pensaba que el tabaco era algo rentable para el Estado; los tiempos dorados de la Tabacalera Española. Por eso, el consumo de tabaco era promovido y auspiciado por el mismísimo Estado. Sin embargo, los tiempos han cambiado y el tabaco ya no es rentable para nadie, salvo para sus beneficiarios directos.

La cuestión es que la mentalidad ha cambiado, la concienciación médica va dando su fruto y el derecho se ha acomodado a las nuevas demandas de una población que ya puede decir, sin temor y sin sentirse ridiculizada, que el humo de tabaco le molesta y le enferma.

Las tabaqueras, en pleno proceso de privatización, con su repertorio de mentiras, sofismos, entelequias, agasajos, embelecos, chantajes y amenazas, i.e. manipulación, han insistido en preservar a toda costa la buena imagen del fumador: su orgullosa y reputada identidad.

¿Qué no encaja de todo esto? La supuesta identidad del fumador. El hecho es que esa identidad no existe. Igual que el hábito no hace al monje, el acto de fumar no adscribe a nadie a una supuesta clase fumadora, al menos desde un punto de vista objetivo. El ser identificado como fumador responde a intereses económicos ajenos. Sólo responde a la terminología eufemística usada por los mercados tabaqueros para referirse a los consumidores de sus productos, a sus clientes. La protección de su condición de consumidor habitual, cuya dependencia de la nicotina es cada vez más vulnerable a la presión social, pasa por dotarlo de una identidad artificial, moldeada a gusto de la Industria Tabaquera.

Alguien que conciba de manera generalizada el hábito de fumar como una expresión de libertad, puede verse tentado a justificar el libre albedrío para el ejercicio del acto con el Art. 14 de la CE, que prohíbe la discriminación por razones de nacimiento, raza, sexo, religión u opinión, no siendo numerus clausus al establecer in fine "...o cualquier otra condición o circunstancia personal o social".

No voy a entretenerme en explicar qué caracteriza a una “circunstancia personal o social” como la de ser menor de edad, minusválido, padre o estar divorciado. Fumar es sólo un acto supuestamente voluntario y, como tal, no es algo intrínseco, permanente o inevitable; como parece que nos quieren dar a entender algunos al intentar incluir al fumador en esa parte del artículo 14 y así poder hablar de discriminación en el texto de la Ley 28/05.

Si yo coloco un cartel de “prohibido fumar” en un lugar cerrado de uso público, no les estoy prohibiendo la entrada a las personas que suelen fumar. Únicamente estoy prohibiendo el acto en ese lugar concreto. Si alguien de los que entra en ese espacio fuma en su casa, no es asunto mío. No es algo que incumba a nadie. De la misma manera, si yo prohíbo practicar el acto sexual en ese mismo lugar, eso no me convierte en un beato que les esta prohibiendo la entrada a personas con una vida sexual activa.

De todo ha de haber en la Viña del Señor. Así por ejemplo, es lógico que diferentes individuos tengan fines diferentes y que diferentes individuos tengan aficiones, costumbres, hobbies, religiones o creencias diferentes. Es lógico que muchas personas se identifiquen orgullosas como practicantes de una afición específica. Es normal que tengamos un 0.5% de personas que quieran ser llamadas coleccionistas de sellos, un 5% a las que les guste el automovilismo, un 3 por ciento de salseros, un 6% de aficionados al sadomasoquismo, un 5% de cantantes y un 3% de personas a las que les guste introducirse tabaco chamuscado en los pulmones. Sin embargo, si asumimos que hay un 20 o un 30% de orgullosos fumadores, algo falla.

La presión social hace que los adolescentes asuman identidades y fines ajenos como propios. Esto es lo que está pasando con el fumador: es alienado por la manipulación social de las tabaqueras. Por tanto, en la mayoría de los casos, si insistimos en que la identidad del fumador existe, el individuo probablemente está alienado.

Resulta extraño que el liberalismo, que tanto vitupera los supuestamente alienantes estados y defiende a la Industria Tabaquera, justifique la alienación en este caso, o más bien no la quiera ver. Quizás sea que el ánimo de lucro de unos pocos lo justifica todo.

También hablan los ideólogos tabaquistas del “rollo Macabeo del fumador pasivo”, mientras tratan de ocultar el hecho de que la condición de fumador pasivo no es precisamente incompatible con la de fumador. Quieren hacerle creer al fumador que tal cosa no existe o que, su superior identidad, elimina la posibilidad en el espacio y en el tiempo de que puedan ser ellos fumadores pasivos. Es como si el hecho de fumar los inmunizase contra las molestias y perjuicios que puede ocasionar el humo de tabaco ambiental.

La pureza étnica del fumador activo que no es pasivo ni quiere serlo nunca, es difícil que se manifieste en el mundo físico. De existir, tal sujeto sería alguien que sólo fuma al aire libre y sólo entra a espacios libres de humo.

miércoles, enero 17, 2007

La politización del interés público

Visto lo visto, cada uno defiende sus intereses con uñas y dientes. Si a un animal o a un salvaje, cuando se ve amenazado, cualquier cosa le sirve de arma siempre que la tenga al alcance de su mano, a estos políticos que vimos antes de ayer debatir en el Congreso, parece como si se les contagiase cierto animalismo cada vez que se pasan por los leones de piedra.

Cada día se evidencia más la bajeza moral de nuestra clase política y su incapacidad para mostrar un mínimo unión a la hora de afrontar verdaderos problemas de interés nacional. A esa es la conclusión que llega uno tras ver el bochornoso espectáculo del debate sobre la lucha antiterrorista. Es lo de siempre lo que subyace: la política y su poder concebidos como un fin en sí, la política por la política, en lugar de ser un medio para conseguir fines, que sólo deberían ser –si la vocación existe- el interés público.

A menudo, ya veníamos observando durante estos últimos años que el contenido del famoso “Debate de la Nación”, estaba cada año más “politizado”, lo cual es normal, inevitable y hasta conveniente. Pero es que últimamente raya lo escandaloso y las maneras que se exhiben no tienen nada que ver con el hecho de que nunca llueva a gusto de todos y esas diferencias se vean representadas. Se les ve demasiado el plumero, hasta tal punto que parecen vivir encerrados en su mundo, y que los únicos problemas que existen son ellos y sus frustraciones.

Existen áreas de interés cuyas diferentes propuestas deberían ir encaminadas a la solución. En ningún país civilizado se inventan armas políticas porque esos campos de batalla no existen; están respetados por razones de decencia. Aquí, después de tantos años sin cultura democrática, parece que hemos aprovechado las posibilidades del pluralismo político con demasiada ansia devoradora. Viendo a estos políticos, resulta difícil creer que se merezcan una democracia si hacen tan mal uso de ella. Es como si el sistema democrático les viniese grande, o que no se hicieron las margaritas para los cerdos ni la miel para la boca del asno.

Hablando de armas políticas, parece evidente que la lucha antitabaco se ha convertido en un campo de batalla crucial. Además hay que estar ciegos para no ver que los decretos de desarrollo de la Ley antitabaco se constituyen como auténticos polvorines para uso y disfrute de los diferentes gobiernos autónomos. En fin, estos politicastros se comportan como presos que fabrican un pincho carcelario a partir de lo más inofensivo.

viernes, enero 12, 2007

La cultura del abuso

Es la española por lo que comprobamos día a día. Es algo muy generalizado por aquí eso de decir que nuestra cultura va unida al tabaco. Tal es así, que el mismísimo monarca nos lo recuerda de vez en cuando fumando en banquetes oficiales. Se ve que aún vivimos en los tiempos de la extinta Tabacalera Española y del yate Fortuna. Es obvio que nadie va a tener la desfachatez de decirle que se ajuste al protocolo –el cual no creemos que entre en conflicto con la Ley que él mismo sanciona-. Además, la posibilidad de que el Rey Don Juan Carlos deje un día de andar por ahí blandiendo puros encendidos en sus actos oficiales puede ser algo catastrófico, o un signo de debilidad de la nación: El Rey sin Puro, la Tierra sin Rey.

Es muy práctico lo de recurrir al patrioterismo más carca. Se nos atribuye el dudosísimo honor de haber importado esta lacra de las Américas y haberla extendido por Europa. Como si eso fuese razón de orgullo o un dato histórico que nos va o nos viene. Cuando en realidad, de considerarse, se le debería incluir más bien como parte de nuestra leyenda negra, si es que la hubo.

Luego está el dilema de los que se hacen pasar por los mecenas de nuestra cultura cuando lo único que someten a mecenazgo es la insalubridad del aire ajeno. No saben a donde hay que mirar; si se toma como referencia EEUU, malo porque los Americanos han sido históricamente enemigos naturales de la Hispanidad y prohíben fumar; si se mira a Europa también malo porque llevan el mismo camino en cuanto a lo segundo. Entonces, supongo que sólo podemos refugiarnos en el aislacionismo propio de los tiempos del Generalísimo. Sí, será lo mejor para defender nuestro derecho a fumar donde nos dé la gana.

Es conocido por la prensa internacional el extraño caso de España, donde se conoce la existencia de un enorme grupo de presión pro-tabaquero y un inexistente movimiento antitabaco. Además está el misterio del porcentaje real de fumadores que España tiene, cortesía de la absurda Encuesta Nacional de Salud. Los datos oficiales están basados en estadísticas elaboradas a través de encuestas, por lo que hay que tener en cuenta la falta de fiabilidad, pues muchas veces se contesta según lo que aconseje la moda o el qué-dirán. Aparte, según la legislatura que toque, interesará comunicar a instancias europeas un dato u otro. De tal manera que nuestros vecinos no sepan a ciencia cierta cuanto se fuma en España.

A simple vista dicen que seguramente hay muchos fumadores por estos lares, y que son de los que no piden permiso para encender el cigarro en el restaurante. Es un rango indeterminado y fluctuante entre un 16 y un 35% de la población. No son algo importante para nuestros gobernantes esas conjeturas estadísticas, con la cantidad de problemas que hay.

Es una suerte que las encuestas no vayan dirigidas normalmente a los menores de 16 años. De todas maneras, a estas alturas, eso no es algo que haga falta para demostrar que la salud de los niños está supeditada a otras prioridades.

En España todo sigue su camino lógico. De la misma manera que los puestos directivos de las empresas privadas están entre los mejor remunerados de Europa y no lo están precisamente los trabajadores rasos; de igual forma que la fiscalidad aplicada en forma de IRPF tiende a favorecer de manera relativa al que más dinero tiene; de la misma manera que las organizaciones de consumidores y usuarios apenas cuentan y las grandes compañías imponen su razón porque no vale la pena protestar y meterse en juicios; de igual forma que casi toda la economía española no se basa en el estímulo de la libre competencia sino en los abusos de posición; de la misma manera que el pez grande se come al pez pequeño... El fumador, a base de picaresca, soberbia y mala educación, con su aventajada “tradición cultural” y sagrada voz social, consigue que prevalezca su derecho frente al de los que no fuman. Los fumadores se hacen oír y además se aprovechan de su número, edad y posición a costa de ignorantes, niños y ancianas.

Es evidente que el auspicio de la Administración es efectivo y consigue que los que se resisten a fumar no tengan una oportunidad de zafarse del eterno yugo del tabaco. Por el contrario, han erigido a los fumadores como los máximos artífices de la cultura del abuso, aunque algunos exacerbados insistan en que los consideremos como víctimas a las que hemos vencido con ensañamiento, como el lobito bueno al que maltrataban todos los corderos.

sábado, enero 06, 2007

La vergüenza nacional

He aquí un muestreo de las opiniones que tienen en el exterior sobre el fumeteo en España. En todos los casos hablan con conocimiento de causa. Para los turistas habrá otros inconvenientes, pero este es uno de los más absurdos y llamativos.

Es uno de los hábitos sociales que más destaca a los españoles. Seguramente, en muchos chistes contados por anglosajones estaremos caracterizados como calvos, bajitos y fumadores. Sigo un orden cronológico para que se vea hasta que punto realmente cambiaron las cosas con la Ley 28/05:

2004 STROLLING IN SPAIN

Wheelchair Accessible Travel In Spain – 2004

Smoke warning

“The rain in Spain may fall mainly on the plain, but the smoke is almost everywhere. Our strong impression is that far more Spaniards smoke cigarettes than the French, Italians or Israelis, let alone Americans, let alone Californians. Almost every restaurant, bar and café has old-fashioned cigarette machines; even many nice hotel lobbies do. Cigarettes are relatively inexpensive and many Spaniards smoke unfiltered ones. Non-smoking sections in restaurants are virtually unheard-of. Some hotel elevators even have ashtrays. We mention this not to scare anyone away, but to prepare you.”

(Puede que en España sólo llueva durante el vuelo, pero el humo está por todas partes. Nuestra impresión definitiva es que los españoles fuman mucho más que los franceses, los italianos o los israelitas y, por supuesto, más que los americanos o californianos. Casi todos los restaurantes, bares y cafés tienen máquinas expendedoras de tabaco a la antigua usanza; incluso te las encuentras en las recepciones de algunos hoteles con clase. El tabaco es barato y muchos españoles fuman los cigarros sin filtro. En cuanto a las zonas de no-fumadores, nunca se ha oído hablar de ellas. Algunos ascensores de hoteles tienen ceniceros. Te decimos esto, no para asustarte, sino para que vayas preparado.)

http://www.access-able.com/tales/spain/index.html


22-01-06 ASYMMETRICAL INFORMATION
An opinion-ridden free-for-all
January 22, 2006
From the desk of Mindles H. Dreck:

Stupidest rationalization ever:

"I know smoking isn't good for my health, but neither is walking in the polluted streets of Madrid or Barcelona, nor is living in a world where the United States refuses to sign on to the Kyoto Protocol. Javier Marias in today's Times."

(El razonamiento más estúpido jamás visto: “Sé que fumar no es bueno para mi salud, pero tampoco lo es caminar por las calles contaminadas de Madrid o Barcelona, ni vivir en un mundo donde Estados Unidos se niega a adherir al Protocolo de Kyoto. http://www.clarin.com/diario/2006/02/22/opinion/o-02701.htm)

http://www.janegalt.net/archives/005674.html


18-07-06 SOCIAL HABITS IN SPAIN

Smoking

“You’ll quickly learn that Spain is truly a smoker’s paradise – people will light up just about anywhere. While there are regulation against smoking in public places (hospitals, universities, government buildings, department stores, restaurants, etc.), most smoking laws go completely unenforced. Even when there are signs people tend to ignore them. As much as smoke in closed areas may bother you, try not to get Spaniards to respect the law. Unfortunately this is a battle that you simply can’t win, at least during your relatively short time in Spain...Rarely do people ask if you mind if they smoke. Rather, smokers will usually offer you a cigarette (proper smokers’ etiquette) and then light up. Some people might be offended if you ask them to not smoke in your presence. Use common sense. It may take some getting used to, but smoking is a habit that you’ll need to learn to tolerate while in Spain.”

(Pronto os daréis cuenta de que España es realmente el paraíso de los fumadores. La gente se enciende un cigarro en cualquier parte. Aunque existen regulaciones del consumo de tabaco en lugares públicos –hospitales, universidades, edificios oficiales, supermercados, restaurantes, etc.-, la ley no va acompañada de la aplicación de medios. Incluso donde hay señalización, la gente tiende a no respetarlos. Por mucho que te moleste el humo en sitios cerrados, no esperes que los españoles respeten la ley. Por desgracia, esa es una batalla perdida, al menos durante tu breve estancia en España...Rara vez te preguntan si te importa que fumen. Además, normalmente te ofrecerán un cigarro -su habitual presentación como fumadores- y luego se lo encienden. Algunos pueden sentirse ofendidos si les pides que no fumen en tu presencia. Usa el sentido común, te costará acostumbrarte, pero fumar es un hábito que tendrás que aprender a tolerar cuando estés en España.)

http://www.iaff.ttu.edu/home/oia/studyabroad/TTUSeville/TTUSeville_SocialHabits.asp


10-10-2006 THE STUDENT EXPERIENCE IN MADRID

“...Alonso Martínez also has a lot of bars and clubs and if you're looking for a more laid back area, La Latina, has cool cafes, filled with locals, and tons of Tapas bars. Expect to find bars, discos, restaurants and school buildings filled with smoke as most Spaniards are fumadores...Past students who have worn contacts have had difficulties with their lenses due to cigarette smoke, car exhaust, and pollution in general, which are unavoidable in Madrid...Don't be surprised if a Spaniard asks you, "Tienes fuego?" Many people smoke here. They're just asking if you have a match or lighter to light their cigarette...Students who have respiratory problems may want to consult their physician and bring necessary medications. Remember, there are a LOT of smokers in Spain, even in enclosed areas like cafeterias and in the hallways outside the classrooms...”

(Alonso Martínez también tiene un montón de bares y clubs y si quieres algo más relajado, La Latina, tiene cafés muy chulos, además de una pila de locales y bares de tapas. Te encontrarás con que los bares, las discotecas, los restaurantes y las escuelas de español están llenas de humo, pues la mayoría de los españoles son fumadores...Otros años, estudiantes que han llevado lentillas, han tenido problemas a causa del humo de cigarrillo, de los tubos de escape, y la polución en general, que son inevitables en Madrid…No te extrañes si un español te pide fuego. Mucha gente aquí fuma. Sólo te están preguntando si tienes un mechero para encender su cigarro…Puede que los estudiantes con problemas respiratorios queráis pedirle a vuestro medio que os aconseje sobre qué medicamentos traer. Recuerda , hay una MONTON de fumadores en España, incluso en sitios cerrados como las cafeterías y en los pasillos fuera de las aulas.)

http://www.gateway.calstate.edu/csuienet/predeparture.cfm?SE=7006721

martes, enero 02, 2007

Una informacion frívola y superficial

Parece que estos días les resulta gracioso a los presentadores de los noticiarios televisivos hablar sobre datos y estadísticas referentes a la Ley Antitabaco. Ponen la misma cara de cachondeo que cuando comentan resultados deportivos al final del telediario, o cuando se cuentan anécdotas risibles, o cuando se cotillea la vida de algún famosillo. Parece como si estas noticias les sirvieran para ensayar la mímica y la expresión que deben exhibir el día de los inocentes, por si se les ocurre dar una noticia de pega.

Estamos en lo de siempre; en que el problema del tabaquismo no es algo serio y no tiene importancia. Por eso, lo propio es hablar de él aguantándose la carcajada pero sin ocultar la mueca de felicidad. Parece que es un problema –lo llamaremos así por necesidades del guión- que sólo concierne a los fumadores, quienes pueden reírse de ellos mismos cada vez que se autoengañan, se gastan bromas a sí mismos o se autoahuman con un pitillo. Ya se les dará una palmadita en la espalda y un pellizco en los mofletes a esos granujas. Ya se les celebrará el tener un vicio tan simpático que hace reír a tanta gente, como si el humo produjese cosquillas o fuera cosa de chiste.

En la radio, como ésta no sirve para calmar ánimos con imágenes hilarantes, habrá que aprovecharla para que los peces gordos hablen y politiqueen un poco. Así por ejemplo, creo haber oído esta mañana como derrochaban optimismo triunfalista el Secretario General de Sanidad y algún presidente de gremios de hostelería.

El Secretario venía a decir que un año de ley había sido mano de santo, que había conseguido que 700.000 españoles dejaran el vicio. Él mismo reconocía que la “percepción” de la gente era que el fumador seguía fumando más o menos igual; pero recalcaba que los datos de sus encuestas oficiales eran “objetivos”. Algo bastante extraño si me pongo a contar a pie de calle el número de fumadores y confío en que no estay loco y veo visiones.

El presidente del gremio le seguía la corriente y no tenía más remedio que alegrarse por los supuestos logros de la ley. También confiaba en que cada vez, o cada año, o cada década, -no recuerdo que palabra usó- fuesen más los locales libres de humo. También aprovechó para recordarnos su ímpetu filantrópico al decir que lo importante era reducir el número de fumadores, porque en realidad daba igual que esas personas fumaran dentro o fuera si seguían con su costumbre de perjudicarse a sí mismas.

También, en ese mismo programa, pudimos escuchar algunas entrevistas a ciudadanos en diferido aparentemente seleccionadas al azar. Unos decían que la ley les parecía bien, que es bueno que no se fume tanto y en todas partes, otros que era una cuestión de educación y que los fumadores se lo tenían merecido por fumar donde no se debía. También estaban los típicos victimistas que hubieran querido que se les viera la cara de cordero degollado: que si la ley los perseguía, que si era excesivo, que no se pensó en el fumador cuando se redactó etc.

Ni la televisión, ni la radio, ni la prensa dicen verdades o cosas interesantes. Además dedican demasiados esfuerzos a ocultar o restarle importancia a la existencia del fumador pasivo. También consiguen olvidar el hecho de que el humo de tabaco es, además de muchas otras cosas, una molestia intolerable. Quizás sea que, al hablar de esas molestias, se daría lugar a la descripción de detalles demasiado escatológicos y no quieren darnos asco.

sábado, diciembre 16, 2006

Unos hosteleros pícaros y chapuceros

Con la Ley 28/05 salen a la luz muchos de los instintos que históricamente fueron casi bandera de la hispanidad. En el país del Motín de Esquilache, los pícaros consiguen sacarle partido al “vuelva usted mañana”.

Los subterfugios y recovecos del texto son un magnífico instrumento que le permiten al hostelero descafeinar y endulzar una ley con tan agrio sabor. Todo ello gracias al pitorreo de la señalización de-quita-y-pon. Es más, supone una inigualable oportunidad de hacer estudios de mercado para ver que les conviene: si más humo por aquí y menos por allá, o reducción aquí y ampliación allá.

De este modo el consumidor siempre se ve motivado a visitar locales que cada día parecen uno diferente. Cada vez que entra un mismo local puede aguardarle una sorpresa diferente, un olor diferente. No nos conformábamos con rezar para que, en un local señalizado como libre de humos en su totalidad, alguien no se echara la mano al bolsillo de la camisa para abrir la veda. Ahora la cosa es más interesante y variopinta.

Gracias a que es barato imprimir los carteles de www.msc.es en cantidades industriales y comprar celo, España se ha convertido en pionera del cumplimiento dinámico de normativas. Debe de ser un avance novedoso y ejemplo de flexibilidad y respeto a la libertad de los propietarios. Es algo de lo que debe de estar orgullosa una Administración tan paciente y condescendiente que, simplemente, confía en la buena fe de la gente.


Todo está concertado de manera brillante, la sincronía no suele fallar. Cuando un local incumple, meses después de una insistida denuncia, por fin a la inspección le toca hacer su trabajo: dar el chivatazo al propietario. Si hay una cosa que un inspector no soporta es que le den plantón y le hagan perder el tiempo. Por eso hay que alertar al propietario para que tenga todo bien preparadito y apunto en el momento de la visita. De otra manera, la agenda podría no cuadrarle con tantos retrasos en la inspección por culpa del dichoso tabaco.

Puede que el restaurador se lleve una multa por no tener separada la carne de cerdo de la de ternera en el frigorífico pero en cuanto a la zona de fumadores, ¡no nos pongamos así!, Con una palmadita en la espalda me aprendo la lección. Es muy frecuente lo de hoy pongo el cartel “Espacio sin humos”, mañana pongo el de “Se permite fumar”, pasado no pongo ni el uno ni el otro o los mezclo; hoy habilito zonas de fumadores aquí, mañana las habilitó allá. Es muy divertido lo de los carteles que aparecen y desaparecen, o que se mueven de sitio. Igual que los ceniceros “a la carta”; si me los pides te los doy, pero ten cuidado que lo hago con mucho disimulo, como cuando te pasan el perico o la maría desde detrás de la barra por la noche en el antro.

Otro truco es el del eterno cartel que prohíbe fumar sólo “temporalmente”, hasta que se realicen las obras pertinentes. Eso sirve de disculpa a los susceptibles y belicosos fumadores. El hostelero chapucero conoce bien su papel y sabe ser servil con quien le conviene complacer. Estos carteles tratan de responsabilizar al impío estado de la desgracia en forma de privación que se cierne sobre el fumador conforme éste entra: La culpa la tiene al temible brazo de la ley estatal en forma de inspectores y policía, que quede claro. No se hace referencia en la señalización al fumador pasivo, cuya ignominiosa existencia sobra.

Por tanto, es deber del hostelero chapucero el de suplicar y arrodillarse ante el Cigarro su Señor, así como guardarles respeto y veneración a sus representantes en la tierra: los fumadores.

martes, diciembre 05, 2006

Limitar Nuestros Derechos

Hoy empezaré con tres confesiones: fumo, no me molesta que se fume a mi alrededor y me encanta vivir en una ciudad, Barcelona, en la que puedo salir de noche y volver a mi casa con mi ropa apestando a humo. Dicho eso, pienso que el decreto madrileño de desarrollo de la Ley 28/05 reguladora de la venta y consumo de tabaco, recientemente aprobado por la Comunidad de Madrid representa una peligrosa limitación de nuestros derechos.

Un argumento utilizado en contra de la regulación del tabaco es que limita la libertad a millones de ciudadanos. Eso es cierto, pero también lo es que millones ven su libertad limitada anualmente por las normas de circulación vial, por obligaciones contractuales o por códigos ontológicos. A algunos incluso les echa el alto un guardia de tráfico al cruzar un paso de peatones. Todos ellos saben que el riesgo existe y, sin embargo, deciden voluntariamente seguir practicando esas actividades… y a nadie se le ocurre pedir al congreso que deje sin efecto las normas de circulación vial, las obligaciones contractuales o los códigos ontológicos.

Se nos señala también que la contribución a la hacienda pública de los fumadores supone un alivio financiero para los demás. Este argumento carece de lógica económica porque si los consumidores de tabaco no fumaran, ¡también consumirían! Y yo me pregunto: ¿acaso no aportaría dinero ese consumo? La pregunta es si las rentas e inversiones de los no fumadores son inferiores a los beneficios de “morirse antes por otras causas”. Sobre este tema hay diversos estudios con resultados sorprendentes: perder la vida por culpa del humo tiende a ser más “caro” que morirse, más adelante, por otras razones. De hecho, una de las enfermedades más caras de tratar es el cáncer de pulmón que en general no aqueja a los no fumadores.

Si a eso le añadimos que los no fumadores tienen una esperanza de vida de unos 79 años (justo para estimular los planes de jubilación tanto públicos como privados) y que, por lo tanto, acaban cobrando alguna pensión después de cotizar ininterrumpidamente toda la vida y no haber disfrutado de bajas por enfermedades relacionadas con el tabaco, llegamos a la conclusión de que los no fumadores no sólo no son un coste financiero neto sino que son una “ganga” para los fumadores. La absurda ironía es que, si los activistas aplicaran correctamente la lógica económica, no sólo deberían limitar la venta de tabaco sino que ¡deberían prohibir su consumo!

El argumento más persuasivo en contra de la limitación del tabaco es el de la responsabilidad del fumador: uno debería ser libre de perjudicar su propia salud… pero no la de los demás. La pregunta es si es cierto que el fumador activo decide perjudicar su salud libremente y puede evitar perjudicar a los demás. No hace falta decir que demostrarlo es complicado, pero hay estudios sobre el tema. El problema para los activistas pro-tabaco es que la posibilidad de no perjudicar a terceros es tan pequeña que cualquier estudio epidemiológico imparcial diría que es producto de la omisión de otros factores o del azar.

Uno de los pilares sobre los que se fundamenta la inocuidad es que "la dosis hace el veneno", pero incluso el polonio 210 puede ser tóxico aunque se tome en dosis pequeñas. En este sentido, un estudio colocó monitores en empleados de centros donde se fumaba abundantemente. La cantidad de vapor de combustión recogida en un año por esos monitores fue tan grande que equivalía a fumarse seis mil cigarrillos por año. Para entendernos: para que esa dosis no pudiera acabar produciendo cáncer en un fumador pasivo se necesitaría que éste se encerrara con esos fumadores en una habitación de 10.000 metros cuadrados con ventilación… ¡rodeado de 300 bombas que extrajeran 62000 m3 de aire (repito, m3 de aire) por hora (insisto, por hora) durante todo el tiempo de exposición!

Resumiendo, ni parece que los no fumadores comporten costes sanitarios excesivos (más bien al contrario), ni la evidencia presentada sobre la indemnidad de la salud del fumador pasivo es convincente. El problema para los censores de la regulación es que, si los argumentos relacionados con los costes económicos o de salud de terceras personas aparecen, sólo quedan argumentos del tipo: no queremos limitar el tabaco porque el humo “no molesta”. Digo que eso es un problema porque la frontera entre lo que “no molesta” y lo que sí, es peligrosamente arbitraria. Por ejemplo: ¿permitiremos orinar en la vía pública si se pone de moda decir que “no nos molesta”? ¿O pondremos en la calle a la gente que roba y extorsiona si “no nos molesta”? ¿Y si “no nos molestan” los conductores temerarios? ¿O los asesinos? ¿O los violadores? ¿Dónde está la frontera de lo que es aceptable como “molestia”?

Yo, la verdad, no me fío de la capacidad de los intereses tabacaleros de poder demarcar racionalmente esa frontera, por más influencia y aceptación social que éstos tengan (recuerden que fue Phillip Morris, aceptada socialmente, la que ocultó al pueblo norteamericano informes y datos sobre la composición y perjuicios de tabaco, simplemente porque a ella “no le molestaba” en su despiadado afán de lucro). Y como no me fío, cuando veo que los grupos pro-tabaqueros tienen esa insaciable voracidad liberadora, pienso que deberían empezar por liberar… nuestra propia capacidad para exigir nuestros derechos.