sábado, mayo 26, 2007

Los apestificados

Muchos estiletes de la Industria Tabaquera en España dicen que por culpa de una ley taliban promovida por la Ministra de Sanidad Elena Salgado, un colectivo al completo ha sido convertido en los “apestados” de la sociedad; vilipendiado, insultado y condenado al ostracismo.

La palabra “apestado” apela a la compasión del que no fuma. Puede que no trate de hacer sentir culpable al no-fumador por el simple hecho de no compartir el mismo hábito que ese colectivo, pero sí consigue que éste no ose cuestionarse lo siguiente: ¿Tiene el fumador pasivo el deber moral de soportar las molestias y los perjuicios ocasionados por el tabaco?

Si se trata de una “cuestión de educación”, la balanza no puede inclinarse de manera clara en un sentido u otro. Pues la educación es un concepto formal sin implicaciones prácticas ulteriores en este asunto.

Si se trata de una mera cuestión de justicia, el deber jurídico de hacer o soportar no exige la tolerancia a un acto que no tiene que por qué ser irrenunciable. En este caso, la tolerancia a las consecuencias ambientales de la combustión no debe ofrecerse como una muestra de educación o de cortesía. Sólo es un síntoma de irresponsabilidad y de ignorancia. Cuando alguien presta un consentimiento que puede interpretarse como extensible a terceros presentes en las inmediaciones del entorno, hablaremos de irresponsabilidad, por cuanto se vulnera el principio de bilateralidad para los acuerdos en estos casos. Hoy por hoy, la ignorancia viene determinada por la incredulidad del tolerante; quien no cree que el tabaco lo perjudique a él o a la sociedad de alguna forma. Ello se explica porque la percepción de los perjuicios, o no se da, o no es inmediata, aunque estos existan.

El chantaje emocional consigue un efecto en el no-fumador que sí percibe ciertas incomodidades: la represión. Las consecuencias del tabaquismo son evidentes a los sentidos y, aún así, no se habla de ellas o se hace con las mismas reservas que cuando se discute sobre sexo o política.

En una oficina pequeña, aunque no haya traído el fumador su paquete de cigarrillos, existe un hecho que lo delata: su olor. El fumador habitual, aún inmediatamente después de haberse duchado, exuda el olor a tabaco a través de su piel. Por eso en concreto es posible que sean “apestados”; pero no fuimos nosotros quienes los apestificamos. Fueron otros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Sr:

Le escribimos desde ELPAIS.com

Estamos interesados en contactar con ud. para hacerle una consulta.

Escríbanos un mail a participa@prisacom.com

Saludos
www.elpais.com

Mirando-atras-con-ira dijo...

Ya os he contestado. Revisad bien los mensajes.

Saludos,